China Ser extranjero

Mi vecino italiano

By on 13 febrero, 2014

Antes de mudarme al piso en el que llevo unas tres semanas tenía dos vecinos: uno chino que hablaba inglés, y un matrimonio formado por un italiano y su mujer china. El vecino italiano se llamaba Alessio, y trabaja para Gucci. Mi primer encuentro con él fue algo extraño y vergonzoso para mí, porque al poco de comenzar a hablar me puse a llorar. Todo sucedió justo una semana después de llegar a Shanghai, un día en que quería ir al hospital para que un dermatólogo me viera unas reacciones exageradas a picaduras de mosquito que tenía en ambas piernas (eran como huevos duros), pero me vi obligada a quedarme en casa porque venía alguien a instalarnos Internet. Mi compañera de piso no estaba, así que no tuve más remedio que atender al chico que vino e ir a comprar un ladrón para enchufar cosas, ya que no había suficientes enchufes para los aparatitos en nuestro salón. Todo muy normal en principio, hasta que al llegar a la tienda me di cuenta de que no tenía dinero suelto y tras ir al cajero vi que tampoco me quedaba nada en esa cuenta. Volví a casa echando pestes y empezando a sentir eso tan ñoño que es tener un nudo en la garganta. Sin dinero para el ladrón no podía instalar Internet. Sin Internet no podía transferir dinero de una cuenta a otra. Sin la transferencia tampoco tendría dinero para ir al hospital.

Precisamente cuando en la puerta comencé a explicar al chico de Internet (“explicar” con el libro de vocabulario chino-inglés, imagino) que no tenía dinero, apareció Alessio, un hombre no muy alto, de treinta y tantos, con barba y cara de buena persona. Me preguntó un par de cosas, ahí en el apogeo de mi angustia por el hospital, por Internet y por el dinero:

-¿Cuánto tiempo llevas en Shanghai?

-Una semana.

-Y ¿cuánto tiempo te vas a quedar?

-Dos años por lo menos…

Ese debió ser el momento más ridículo y a la vez gracioso desde que estoy aquí: ahí estaba yo padeciendo por los huevos duros que me decoraban las piernas. Por ser incapaz de sacar dinero. Diciendo como una paleta de pueblo que no tenía ni un maldito yuan, y que acababa de llegar pero me quedaba allí dos años nada menos. Lo siguiente era ponerme a llorar. Así que empecé a hacer pucheros, delante del chino de Internet y del vecino desconocido. Debí darle pena, el hombre tiene sentimientos, así que me prestó algunos billetes para que el de Internet comprara el ladrón.

A partir de entonces me crucé con él unas cuantas veces. Casi siempre iba muy bien vestido, a veces con unas gafas de sol redondas de cristal azul, siempre con su sonrisa amable y su acento italiano. Le conté las penurias económicas que pasaba en mi anterior trabajo, y el día en que me mudaba él me dijo que se iba una semana a las Filipinas. Después de hablar con él me di cuenta de que no me había despedido, con lo majo que era. Pasaron los días, yo me fui de vacaciones también y no pensé demasiado en el tema.  El sábado anterior mientras yo salía del metro y pasaba por delante de la tienda de Gucci, vi a Alessio fumando en la calle. En una ciudad de 20 millones de habitantes me encontré a mi ex-vecino. Fue igual que en las películas, cuando piensas “anda, que se ha lucido el guionista, cómo van a encontrarse Fulanito y Menganita con lo grande que es Nueva York, así como si nada”. Le conté que me había mudado a otro piso y que tenía un nuevo trabajo en el que sí me pagaban. Él se alegró, y yo me sentí satisfecha, como si hubiera acabado con un asunto pendiente.

Fue una suerte poder despedirme de esa persona con la que en realidad hablé en contadas ocasiones y a la que probablemente no vuelva a ver, uno de esos casi-desconocidos en los que confías totalmente desde el primer momento a pesar de que podría ser un asesino en serie, al que a veces te agarras como a un clavo ardiendo porque no conoces a nadie y eres una extranjera rodeada de chinos.

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0 Comments
  1. Responder

    montse

    16 febrero, 2014

    eres un cielo cariño.
    siempre hay angeles para echar una mano cuando mas lo necesitamos.
    suerte y bsssss

  2. Responder

    Incertidumbre Automática

    16 febrero, 2014

    Hola Montse! Sí, menos mal que la mayoría de la gente que te sueles encontrar es maja!
    Muchos besos!

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