Relaciones Viajes

Sobre los amores viajeros

By on 16 febrero, 2018

Lo peor que le puede ocurrir al amor es el hábito. El amor es -si es realmente amor- una forma de dinamismo eterno y al mismo tiempo de fidelidad al primer encuentro.” Srecko Horvat, “La radicalidad del amor”

¿Hay algún amor más dinámico que el que surge en los viajes? ¿Se puede llamar “amor” o “relación” a los encuentros románticos en los viajes? Y bueno, ya que estamos, ¿es posible dar una sola definición de “relación”? Yo no lo creo. Empiezo a pensar que una relación es algo mucho más amplio de lo que creía antes.

Para “celebrar” -¡por llamarlo de alguna manera!- San Valentín, he recopilado aquí ocho historias sobre romances viajeros. Algunas todavía duran hoy en día, otras tenían una fecha de caducidad mucho más rápida, pero creo que todas nos sirven para reflexionar sobre qué supone un encuentro con otra persona en un contexto desconocido, extraño, ajeno. Para mí, ese tipo de encuentros son bien dinámicos; son como una pequeña sacudida que nos saca del letargo, en varios sentidos, y creo -espero- que no son algo tan superficial como solemos pensar.

Muchísimas gracias a todos los que habéis dedicado vuestro tiempo a este post: Ama, Ales, Christopher, Dani, Edu, Marina, y Vero. No fue fácil encontraros, porque, como es natural, no todo el mundo está dispuesto a hablar de temas privados por Internet, así que os agradezco vuestra sinceridad y el toque personal e íntimo que habéis dado a los textos. ¡Un abrazo! ¡A disfrutar del post y del amor!

 

Intimidad en la noche africana

Ama

Me fui durante tres meses a un pequeño país africano como voluntaria con una asociación local. Ya tenía experiencia en relaciones sentimentales con chicos africanos, y llegué con la firme convicción de que una aventura durante este periodo, no sería una buena idea.

Conocí a Kodzo el mismo día que llegué. Pasé los primeros días en la capital, y allí él me proponía salir por las noches a dar un paseo. Durante esos paseos nocturnos, nos conocíamos, nos contábamos nuestras costumbres, nuestras convicciones y ambiciones, y nuestra manera de ver la vida.

Cuando me fui al pueblo, él venía a pasar los fines de semana. Allí nos quedábamos en el porche de la casa, por la noche, con las estrellas y la luna como única iluminación de un pueblo sin electricidad. Una de esas noches, nos besamos, una y otra vez, y compartimos una intimidad que nos hizo sentirnos muy cercanos el uno del otro. Al día siguiente, cuando era el sol el que iluminaba el cielo, él y yo guardábamos nuestro secreto hasta la noche, cuando todo el mundo dormía y la luna y las estrellas volvían a iluminar el pueblo.

Yo me protegía e intentaba protegerle a él, recordando que lo que estábamos viviendo era pasajero, que un día yo me iría y que nuestro secreto tendría fin. Nuestros planes de futuro se limitaban a planear que yo iría a pasar los veranos a ese pequeño país africano, para que él pudiese ejercer de padre durante las vacaciones, si finalmente se confirmaban las dudas sobre mi embarazo. Sus miedos eran no poder hacer frente a los gastos de un bebé. Los míos, que para él, un bebé significase una familia conmigo.

Esta joven madrileña, apasionada por descubrir diferentes maneras de ver la vida y que en África pasó a llamarse “Ama” (por haber nacido un sábado), se gana la vida trabajando “en lo social” y disfruta paseando en bici por Bruselas, su multicultural ciudad de acogida.

 

Romance en el Camino de Santiago

Ales Farré

Cuando era adolescente tenía muchas ganas de tener pareja y me solían decir: “El amor llega cuando menos te lo esperas”, y no había frase que me hiciera más rabia… Tiempo después, sentí ganas de irme a andar y me fui a hacer el camino de Santiago. Tenía un par de semanas libres antes de ir a buscar casa a Alemania, para el año de Erasmus, y era agosto. No quería quedarme en Barcelona esos días, así que me fui a León para hacer parte del camino de Santiago desde allí. Fueron unos 300 kilómetros que compartí con unas chicas valencianas, un italiano y un navarro. Y me terminé enamorando del navarro. Once días de risas, abrazos, ampollas, cansancio, esfuerzo, alegría, lloros, afecto, y muchas anécdotas.

Pero, sinceramente, lo que menos me esperaba es que, precisamente en un momento en el que menos quería saber de hombres, me iba a enamorar de uno. Me pilló totalmente desprevenida, y además con la dificultad añadida de la edad, puesto que el navarro era 30 años mayor que yo… “¡Quién me lo iba a decir a mí!”, me decía una y otra vez a mí misma. El cariño y afecto surgido en el camino se transformó al cabo de poco en amor, una relación que al principio tuvimos que vivir a distancia. Sin embargo, a pesar de las dificultades y contra todo pronóstico, ocho años después aquí estamos, queriendo firmemente vivir el presente y viajando juntos por Sudamérica desde el pasado septiembre.

La experiencia me enseñó que no hace falta hacer un gran viaje para que te marque en algún sentido. Lo importante es seguir tu instinto y hacer lo que sientas ganas de hacer. El amor puede surgir en cualquier lugar, pero la decisión de dejarte envolver por la experiencia del viaje es tuya. De esa manera, cada nuevo contexto en el que te encuentres será especial. La magia, en realidad, está en el propio camino

 Ales Farré es una catalana afincada en Navarra que en 2017 decidió comenzar un viaje por América Latina con su pareja, a la que conoció en el Camino de Santiago hace más de ocho años. Comenzaron con un voluntariado en Perú, y en estos momentos se encuentran por Chile. Escribe sobre sus viajes en su blog Vuelo de Gansos, desde el cual anima a sus lectores a aprender y compartir a través de los viajes.

 

Todo empezó en una tienda en Hawai

Christopher Ikaiko Crespo

En 2014 decidí dejar España y mudarme a Hawaii -el lugar donde nací- para emprender una nueva etapa.

En noviembre de ese mismo año, como muchos otros japoneses que visitan las islas, apareció ella en la tienda en la que yo trabajaba. Me agradaron mucho sus modales, y por supuesto, me atrajo mucho su sonrisa. Antes de irse me dio un papel con su email, en el que se leía “Stay in touch”. Me sentí muy halagado y sorprendido; nunca hubiera imaginado que una chica como ella tendría tiempo para dedicarme un momento de su estancia en Hawaii.

Esa misma noche quedamos, y lo pasamos genial. Cuando nos despedimos, me marché para casa con una gran agonía pensando que seguramente fuera la última vez que la viera, y eso me partió el alma.

Para mi sorpresa, al día siguiente ella me dijo que había cambiado su vuelo, ¡y que se quedaba una semana más! Dios qué feliz estaba. Al cabo de la semana, después de haberlo pasado pipa y consolidar un poco la relación (éramos prácticamente desconocidos) le propuse antes de que marchara si quería llevarlo a más, y ella aceptó.

Desde entonces ha habido muchos vuelos, barreras lingüísticas, inmersión en culturas totalmente opuestas por parte de ambos, y muchas, pero que muchas vídeo-llamadas. Aburridos de estar separados, y después de haber revisado innumerables veces los requisitos de inmigración de ambos países, decidí volar a Japón, y el 25 de diciembre le propuse matrimonio. Así llegué al país del sol naciente, enamorado perdido y lleno de ganas de ver qué sorpresas tendría el destino guardadas para mí.

Y después de casi tres años juntos, volvemos a España con un pequeño proyecto entre manos pero con el mismo propósito de siempre, estar juntos. Curioso, ¿verdad?

Christopher Ikaiko Crespo ha vivido en varios países, y tras casarse con su mujer Risa y vivir en Tokio durante un tiempo, ha decidido volver a España con ella para dirigir un negocio juntos. Yo tuve el placer de conocerles a los dos, e incluso a su suegra y sus padres, en Tokio; tanto él como su familia me trataron de maravilla, y gracias a ellos viví una experiencia super interesante, en un momento algo estresante hacia el final de mi viaje -puedes leer sobre ello aquí.

 

De pasión y canciones de blues

Dani Keral

La historia entre E y yo fue como una canción de blues.

Nos conocimos, un poco por azar, en mi ciudad, Madrid, ella hablándome en versos con acento francés, yo respondiéndole con poemas de autores latinoamericanos. Aquella velada de blues, en la mítica la Coquette, llevó a una noche en la que, al final, hubo algo más que versos y acordes en LA mayor. Fueron solo dos días y medio, pero había sensaciones de querer más. Como no soy de dejar cosas en el aire, semanas después compré un billete hasta el norte del país vecino. E me recibió con una sonrisa. Yo ya conocía París y, aunque esta vez no venía a verla a ella, la ciudad del Sena, sin quererlo, la vi. La vi a través de sus ojos, de sus labios, a través de las letras de Aragon, Elouard y otros poetas franceses que nunca había leído. Aquel piso en le Marais fue testigo silencioso de palabras y caricias, de susurros y canciones.

No recuerdo el número de días que pasaron pero, de pronto, ya estaba de vuelta en mi ciudad. Pasaron las semanas, y nos volvimos a encontrar. Madrid fue, de nuevo, la protagonista, pero dentro de ambos algo empezó a ser distinto a lo que hubo en París. Ella siguió hacia el sur de España, para hacer un Camino de Santiago por alguna razón profunda a la que no supo poner nombre. Nos reencontramos en la vieja Salamanca, pero nuestros cuerpos ya no imantaban como lo hacían antes. Yo volví a Madrid, ella a su París. Poco después planeamos algo para el norte de Italia. Billete en mano, en la distancia, ella dijo que ya no podía ser. Yo, en mi interior, lo sabía también. Cogiendo, al fin, aquel vuelo hacia Bérgamo, esta vez sin nadie con quien encontrarme, una nueva historia estaba a punto de dar comienzo. Pero eso forma parte de otro libro que, quizá algún día, escribiré.

Dani Keral es un ex-fisioterapeuta convertido en viajero y escritor, que desde 2015 relata sus viajes desde una perspectiva imaginativa y creativa en su blog Un viaje creativo. Desde entonces ha ganado el Premio Internacional de Comunicación Turística PICOT en 2017 y ha colaborado con numerosos medios, como la revista Yorokobu, Viaje con Escalas y Zenda Libros. También tiene un programa en Radio Viajera llamado “El Vuelo Sonoro”, junto con Irene Villar, David Sánchez y Patricia Rojas. Este año va a participar en las Jornadas Iati de los Grandes Viajes dando un taller sobre cómo hacer un blog de viajes (y no morir en el intento), ¡no te lo pierdas!

 

En los viajes estamos más abiertos al amor

 Edu Serrano

Al viajar estás más abierto a nuevos contextos y experiencias. Por lo tanto, estás más abierto al amor.  Si además viajas en solitario, esa apertura crece de forma exponencial.

Me pasé casi un año entero viajando solo por Asia, y cuando estuve en Camboya conocí a una chica francesa con la que tuve un flechazo. Estaríamos juntos sólo unos días, aunque luego también nos reuniríamos en una isla del sur para pasar casi una semana. En el fondo, los dos sabíamos que eso terminaría pronto porque ella volvía a Francia en unas semanas, lo que nos obligó a exprimirnos al máximo (en todos los sentidos). Eso tiene una desventaja, y es que al compartir tanto conoces a la persona bastante rápido y, por lo tanto, pueden aflorar conflictos, miedos e inseguridades. Así sucedió.

Como los viajes, las relaciones amorosas son grandes espejos donde verte reflejado, y te ayudan mucho a conocerte. Por lo tanto, a pesar de que surgiera lo que yo llamo la “mierda emocional” de cada uno, me alegra mucho haber vivido una experiencia así de intensa porque enriquece aún más el viaje en sí.

Edu Serrano dejó su trabajo en una multinacional en 2014 para viajar por Asia, y a partir de entonces comenzó un camino de desarrollo personal, formándose en herramientas como el Coaching, la Astrología y el Eneagrama. Decidió iniciar su proyecto Ruta Kaizen, con el que ofrece sus servicios como coach para ayudar a gestionar las emociones, y donde escribe sobre reinvención y autoconocimiento, emprendimiento y blogging, y viajes. Su enfoque está basado en el coaching, la psicología práctica y el desarrollo transpersonal, y ha colaborado con numerosos medios online, como Inteligencia Viajera o Vivir al Máximo.

 

Besos en los Alpes

Isabel García

Me pregunto si esta historia habría sido diferente si hubiera conocido a Robert en un entorno urbano; estoy segura de que sí.

Era verano en los Alpes franceses, vivíamos aislados en un refugio de montaña, y todo, todo era extremadamente romántico. Robert, varios jóvenes más, y yo, trabajábamos de voluntarios en este pequeño refugio. Por la noche jugábamos a las cartas, por el día fregábamos los platos frente a las montañas. Reíamos todo el rato, y sobre todo, Robert y yo nos mirábamos.

Yo pensaba que nunca había conocido a alguien así: tan independiente, tan inteligente, tan divertido, tan guapo. ¡Y encima era francés! Oh là là! Una noche me atreví; después de lavarme los dientes bajo las estrellas, me acerqué a él, que seguía tumbado a solas en un banco. Le di las buenas noches, me incliné, y le besé.

Serán las horas juntos en la tienda de campaña, serán las montañas y las nubes como único escenario para ese romance que iba a terminar tan pronto, será ese mundo tan limitado en el que jugábamos a que éramos algo y a que nos conocíamos, será todo eso lo que hizo que esas dos semanas parecieran muchísimo más largas de lo que fueron en realidad.

Después de aquello, volvimos a vernos una tarde en Inglaterra, antes de que él tomara un barco para Francia. Nos hemos escrito varias veces, pero hace un tiempo que no sé nada de él. Como dicen algunos de los compañeros que han escrito aquí, los romances de los viajes tienen un algo muy particular: esa forma de bajar la guardia, esa intensidad inesperada, ese principio, desarrollo y final tan rápidos –aunque no todos terminan con el viaje. Estos romances merecen la pena, y de todos ellos aprendemos algo.

Isabel García es una servidora, y escribo en mi blog de viajes desde el 2013. En 2016 abrí mi otro blog, Mujer Silvestre, de entrevistas a mujeres emprendedoras y/o singulares, donde he entrevistado a viajeras interesantísimas como Aniko Villalba o Andrea Bergareche. Espero que te esté gustando leer estos romances viajeros tanto como a mí me ha gustado leerlos -es que soy una cotilla, lo reconozco. 

 

 Cómo mover una llama sin tocarla

Marina Hernández

Cuando llevaba alrededor de cinco meses de viaje por Sudamérica, llegué a Montañita, la típica ciudad costera hippie en la que viven muchos mochileros, artesanos y dealers de droga. En el camping donde me estaba quedando, había también un chico de allí. Mientras cocinábamos, nos pusimos a hablar, y rápidamente la conversación derivó a la cuestión de las energías, las creencias, los dioses, las civilizaciones desaparecidas en el continente que ambos estábamos recorriendo. De pronto se fue la luz –como acompañando la conversación que habíamos mantenido hasta entonces—y él prendió una vela y me enseñó cómo solo con la palma de la mano y su energía podía mover la llama. Después me dijo que fuéramos a su carpa, que tenía completamente decorada con piedras preciosas y huesos de animales y que me dejó asombrada. Allí seguimos con el tema de las energías y quisimos probarlo en la piel, así que poco a poco nos fuimos acercando a través de esa palabra (“el misterio”) que nos había atraído el uno al otro hasta terminar por no salir de la carpa durante días. Todavía no he logrado saber qué es esto del “misterio” ni tampoco cómo el chico concentraba su energía para mover la llama de una vela o hacerme cosquillas en la piel sin llegar a tocarme, pero encuentros como estos (espontáneos, un poco locos, quizá a veces hasta excéntricos) me devuelven el asombro por conocer personas, modos de vida e ideas con completa libertad.

¡Por más amor en los viajes y menos prejuicios!

Marina Hernández es licenciada en Periodismo y está especializada en crónica y periodismo narrativo. Investiga literaturas de la intimidad, autobiografías, y diarios íntimos, especialmente de mujeres escritoras. Ha viajado por América Latina durante 14 meses, y ha publicado los textos literarios de su viaje en el blog Hey Hey World. Colabora con diferentes medios online, como Altaïr Magazine y Viaje con Escalas, y ha fundado el hogar de escritura Maitena Caimán; también es co-fundadora de la editorial Índigo Editorial, que publica literaturas de la intimidad escritas por mujeres. 

 

 Dos días de romance a la romana

Verónica Boned Devesa

– Vieni, vieni qua. Qué voi mangiare? Sei magra… deve mangiare una buonna pasta! Fettuccine va benne? 

Entré a la cocina del bungalow-camp en el que trabajaba para ver qué me estaba preparando para almorzar el chef Alessandro, quien insistía en hacerme una doble ración de unos fettuccine a la “no sé qué”. Junto a él estaba su hijo, un romano de ojos claros y sonrisa narcótica, de quien ya me habían advertido: “cuidado con Toni* que es un Don Juan”.

–   ¿Te presenté a mi hijo Toni? Tiene un hotel en el centro de la ciudad, ¡vino a visitarme!

–   Ciao bella!

–   Ciao

Tomé mi plato rebosante de fettuccine y antes de sentarme a comer Toni se acercó y me dejó su teléfono para que quedáramos a cenar antes de que yo siguiera mi viaje sabático por Europa –no, en esa época no había uso extendido de móviles y el teléfono era el “fijo-”.

Un par de días antes de dejar atrás la capital italiana concreté mi cita con Toni. Quedamos en el hotel que él acababa de inaugurar y allí iniciamos un itinerario por las piazzas romanas, parando a beber vino en cada una de ellas, hasta llegar al Trastevere –antes de que fuera el barrio hipster que es hoy- donde cenamos una pizza de esas que te colman el alma en el bar más auténtico que he pisado en Roma. Él conocía cada secreto de la ciudad y sabía seducirme con sus anécdotas. Risas, miradas cómplices y flirteo nos acompañaron toda la noche inlcuso hasta el bar clandestino donde movimos el esqueleto al son del rock & roll. Cuando faltaban pocas horas para el alba, regresamos caminando hasta el hotel. Pero no fue un camino directo. Fuimos al Vaticano donde me besó por primera vez, luego cruzamos el puente Sant’Angelo pero nos detuvimos a mitad de camino para bailar abrazados bajo la luna llena al ritmo de “Dos gardenias para ti” que me susurró al oído. Me besó frente a la Fontana di Trevi que, milagrosamente, estaba desierta y antes de llegar al hotel nos tomamos el mejor helado que probé en mi vida. Así fue como empezaron 48 horas de romance a la romana: cursi y fugaz.

*Cambié el nombre del personaje para preservar su intimidad.

Vero Boned Devesa es una argentina afincada en Madrid que lleva casi 20 años recorriendo el mundo. Es periodista y blogger de viajes, aunando de esta manera sus dos pasiones: los viajes y la comunicación. En su web Sinmapa.net. ofrece un sinfín de recursos para vencer el miedo a lo desconocido y ayuda a través de consejos, experiencias y guías de viaje a dar el paso necesario para  lanzarse a la aventura y conocer el mundo. Es co-autora del libro “VIAJERAS” y autora del eBook “121 consejos sobre seguridad para la mujer viajera”. Además, tiene un programa de viajes en la Radio Viajera llamado “Pasaporte al mundo” que puedes escuchar todos los lunes a las 7am y a las 10pm o descargar el podcast en iVoox o iTunes. 

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9 Comments
  1. Responder

    Dani Keral

    16 febrero, 2018

    Una preciosa reunión de amores pasajeros. Gracias por dejarme un rincón 😉

    • Responder

      Isabel

      16 febrero, 2018

      ¡Hola Dani! ¡Gracias a ti por haber participado! A mí me ha encantado leeros a todos. ¡Un abrazo!

  2. Responder

    Ales Farré

    17 febrero, 2018

    ¡Un placer haber colaborado en este post, Isabel! Me ha encantado leer el resto de historias 🙂 ¡Son muy inspiradoras! La experiencia de dejarse envolver por el viaje trae algunas consecuencias a veces… jeje. ¡Gracias por compartir la mía! ¡Un abrazo muy fuerte!

    • Responder

      Isabel

      1 marzo, 2018

      ¡Hola Ales! ¡Mil gracias por haberme ayudado! ¡Tu historia es preciosa! ¡Un abrazo!

  3. Responder

    María

    5 marzo, 2018

    En casi todos mis viajes he vivido algún romance, unos más breves que otros… Algunos amigos dicen que es mi souvenir particular… Todos han dejado en mí un bonito recuerdo…

    • Responder

      Isabel

      5 marzo, 2018

      ¡Hola María! Me encanta eso del souvenir particular, jeje, mil veces mejor que llevarte un imán a casa, ¡ni punto de comparación! Estoy de acuerdo, estas historias dejan un recuerdo muy chulo. ¡Gracias por comentar!

  4. Responder

    Edgar

    11 abril, 2018

    Que post más chulo!!!

    Hay gente que dice que hay tantos tipos de relaciones como personas, yo creo que en realidad hay más, porque he tenido relaciones diferentes con cada persona y a su vez ellas han tenido diferentes relaciones con diferentes chicos.

    Dani Keral, que alegria verte por aquí, aun recuerdo cuando nos conocimos en Dublín, y justamente tuve una historia parecida a la tuya, solo que fuí yo el que, previo aviso, decidí no tomar el vuelo.

    Bueno que chulas y que variadad, cada una con un final muy distinto, cada una con un aprendizaje y todas muy agradables de leer.

    Un abrazo a todos!
    Edgar

    • Responder

      Isabel

      11 abril, 2018

      ¡Hola Edgar! ¡Muchas gracias por el comentario! Pues estoy de acuerdo contigo, no lo había visto así, pero sí, con cada persona puedes tener un tipo de relación diferente.
      Por cierto, ¡enhorabuena por tu blog! Un abrazo 🙂

      • Responder

        Edgar

        12 abril, 2018

        Pues si, eso creo yo, cada persona nos afecta de una u otra manera y hace que nosotros mismos hagamos una relación diferente.

        Gracias por tu comentario, abrí el blog hace poco 🙂

        Un abrazo

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