Palestina Viajes

Checkpoints y sonrisas que dejan huella (o cómo de intensas han sido mis emociones en Palestina)

By on 20 Junio, 2017

Desde el autobús que me lleva de Jerusalén a Tel Aviv, veo de repente una calle que me suena de algo. Claro, por aquí estuvimos la semana pasada cuando íbamos a por el coche alquilado para viajar a Acre, cargados con nuestras mochilas. Miro este escenario ya visitado, y me parece que veo las sombras de nuestros fantasmas flotando por la acera como un eco nuestro, como un rastro de felicidad que dejamos hace unos días por el camino. Ahora que mi viaje por Israel y Palestina se ha terminado, se convierte en una preciosa película que me pongo en mi cabeza a cada rato.

Vistas del muro en Belén

He pasado la mayor parte de las últimas tres semanas en Palestina. Llegué a Ramala justo cuando Trump se encontraba visitando Jerusalén, y tuve la sensación de estar entrando en otro mundo. Aquel día había una huelga general en apoyo a los 1.600 presos que hacían huelga de hambre para exigir mejores condiciones en las prisiones. Al parecer, muchos de los derechos dentro de una prisión que podríamos considerar comunes, como tener un baño dentro de la celda en lugar de un cubo, o poder entrar ropa o libros, fue conseguido mediante estas huelgas. Cuando por fin pude llegar a Ramala, tras pedir ayuda a una chica al otro lado del checkpoint y subirme con ella al coche de su amigo, me encontré una ciudad totalmente desierta y en silencio.

Cartel en Belén informando sobre la pasada huelga de hambre de los prisioneros palestinos

Después de dar unas cuantas vueltas di con el hostal Area D, que ha sido mi refugio durante muchos días. Nada más instalarme allí, vi que los otros huéspedes eran bastante diferentes de los que había conocido en el hostal en Tel Aviv y en Jerusalén. Si en Tel Aviv la mayoría de la gente quería simplemente viajar por Israel sin pisar Palestina, y en el hostal de Jerusalén casi todos los turistas estaban allí por motivos místicos o religiosos, en el de Ramala pude codearme con alguna periodista, con estudiantes de árabe, y con gente que trabaja con refugiados en Jordania.

Este es uno de esos mapas incomprensibles que puedes encontrar en el hostal Area D; muestra las diferentes partes de los muros de separación

En mi segunda noche allí, uno de los empleados del hostal, Mohamed, invitó a varios de los huéspedes a su casa. Estuvimos sentados alrededor de una mesita hasta las dos de la mañana hablando de lo que se conoce como el “conflicto árabe-israelí”. Ehab, un chico con gafas de pasta y pelo alborotado que acaba de pasar un año estudiando en los Estados Unidos, dejó clara una cosa:

Yo no lo llamo conflicto. Un conflicto sería cuando las dos partes son igual de fuertes, y en este caso hay una gran desigualdad entre ambas. Para mí, no es un conflicto, es una conquista. Y no es una ocupación, es una invasión.”

Mohamed y Ehab, en el hostal Area D

Mohamed lleva el pelo un poco a lo hipster, como muchos otros chicos en Ramala, y es muy guapo. Hace un tiempo salió con una chica danesa durante siete meses; ahora, dice con ojos cansados, solo quiere centrarse en sus cosas, y le encantaría estudiar un máster en Alemania. “Tengo miedo por mis padres, que siguen en el pueblo”, nos contó aquella noche. “Hace poco estuve en casa y oí un ruido a la una de la madrugada. Abrí la ventana de la cocina y me encontré con la cara de un soldado ahí mismo. Fui a la puerta y hablé con ellos como diez minutos; mi padre salió también. Los soldados nos hicieron preguntas, y me di cuenta de que en realidad lo sabían todo ya de nosotros.

Su compañero de piso, que solo tiene 22 años, trabaja en el departamento de marketing de una compañía que vende compresas: “¿Me podéis decir por qué las chicas preferís las compresas más gruesas en vez de las más largas?”, nos pregunta.

Incluso objetos como estos pueden ser hermosos -en el hostal Area D

Varios días después, fui con una inglesa y un americano a conocer a Issa, un activista palestino en Hebrón que dirige la organización Youth Against Settlements (o Juventud Contra los Asentamientos). El plan era visitar unas cuevas en las que varias familias se habían instalado para reivindicar su derecho a vivir en la zona, a pesar de que sus vecinos eran colonos de un asentamiento judío que querían echarlos.

Mientras los tres esperábamos en el coche de un chico que había venido a por nosotros, aparecieron dos tipos más que se sentaron a nuestro lado. Uno de ellos llevaba txapela y un aro en la oreja, y los dos hablaban un idioma extraño que a la vez me resultaba familiar.

Where are you from?“, les pregunté inmediatamente.

Basque Country!

¡Hola!

Y así, apretujados en aquel coche en la oscuridad, es como conocí a estos dos soles que me traerían tantas alegrías hacia el final de mi viaje. Jose Mari y Jaume -que en realidad es mallorquín, pero habla euskera mejor que muchos vascos y navarros-, estaban de voluntarios en Hebrón con la ONG International Solidarity Movement, y su labor consistía en vigilar los checkpoints que hay dentro de la ciudad y asegurarse de que los soldados no estaban cometiendo ningún abuso.

Hebrón es la única ciudad palestina que tiene un asentamiento de judíos colonos en su interior; en la actualidad viven aquí unos 800 colonos y aproximadamente el doble de soldados israelís, cuya principal función -según la ONG Breaking the Silence– es protegerlos. Como Jose Mari y Jaume iban a pasar varias semanas aquí, aproveché para visitar la ciudad varios días y pedirles que me la enseñaran un poco. Caminando con ellos por Hebrón no era raro oír frases tipo Mira, este checkpoint no lo conocía, como quien admira un monumento histórico que hasta entonces le había pasado desapercibido.

Mi anfitrión israelí de Workaway me llevó a pasar el día con una familia palestina

A medida que iban pasando mis días en Palestina, iba arrepintiéndome de no haber venido aquí antes. En Hebrón, especialmente, noté la amabilidad y curiosidad -a veces algo irritante- de la gente. Era imposible pasear por el casco antiguo sin que nadie me saludara o preguntara algo, y si en alguna ocasión tuve que preguntar cómo llegar a algún sitio, podían acercárseme otras cuatro o cinco personas a la vez para darme indicaciones. Los niños me sonreían, decían Hello y se reían, aunque también podían ser súper gamberros; de hecho, en Jericó algunos nos tiraron piedras, no sé por qué.

Salida del enorme checkpoint de Qalandiya, entre Jerusalén Oriental y Ramala

Pero lo que más me ha impactado de Palestina es otra cosa. Lo que no he podido asimilar es la manera de vivir de la gente. Nunca en mi vida había visto una población tan humillada como la palestina.

Viajando por este lugar no verás nunca banderas palestinas en las carreteras, sino unas cuantas blancas con la estrella de David. Y cada tantos kilómetros, te encontrarás con un bonito asentamiento. En Cisjordania, la gente vive como enjaulada.

Para entrar en Jerusalén desde Ramala hay que cruzar, normalmente a pie, el checkpoint de Qalandiya, que es uno de los más transitados de la zona. La primera vez que caminé por esos pasillitos vallados, que tuve que hacer girar el torno de seguridad y enseñar mi pasaporte a la soldado que me lo pedía desde detrás de ese cristal antibalas, me sentí como si estuviera entrando en prisión. Cada vez que me cruzaba con soldados en Hebrón y que debía pasar por uno de los muchos checkpoints que hay en la ciudad, me tensaba, sintiendo miedo sin saber por qué (aquí puedes leer un artículo en inglés sobre cómo se vive la ocupación en Hebrón).

Soldados y banderas israelís en Hebrón

Cuando conocimos al activista Issa, la inglesa que contactó con él le preguntó cómo podía ser tan optimista a pesar de las dificultades de vivir en Hebrón. “¿Acaso tengo otra opción?”, respondió. Viajando por el otro lado del muro he oído reflexiones parecidas, que me han dejado bastante perpleja: “En Israel tratamos de no pensar en lo que está pasando. Así por lo menos conseguimos llevar una vida normal”, dijo un israelí en el hostal en el que nos quedamos en los Altos del Golán. Me pregunto por lo tanto qué es una vida normal, y si tal vez unos tengan más derecho a la normalidad que otros. Supongo que las personas somos capaces de acostumbrarnos a casi todo, y que además nos cuesta ver y comprender el sufrimiento ajeno.

Checkpoint en Hebrón

Desgraciadamente, después de haber hablado con palestinos, de haber hecho tours de Palestina con dos ONGs y de haber viajado un poco por aquí, me quedo con la sensación de que los israelís viven directamente en otro planeta. Un día, alguien que conocí cerca de Jerusalén, se sintió con el derecho o la obligación de darme una advertencia: “Isabel, te recomiendo una cosa. Yo he trabajado mucho con árabes, y tengo una buena relación con ellos. Pero te diría que tuvieras en cuenta de dónde sacan la información sobre lo que está pasando. Hay gente que se pasa horas viendo esos canales egipcios, en los que les cuentan tantas mentiras.”

Un poco de “normalidad” en la liberal Ramala

Esa misma tarde, después de escuchar esto, volví a Ramala. Volví a ese hostal en el que me he sentido tan a gusto, con esos empleados que son auténticas joyas, y no paré de dar vueltas a aquellas frases de advertencia. Sencillamente, me sentía ofendida. Me daba cuenta de que esos checkpoints, vallas, muros, tanques de agua, asentamientos, soldados maleducados, banderas israelís en tierra palestina, toda esa burocracia de la ocupación en forma de permisos y documentos infinitos, esas sonrisas, esas personas tratadas como si no fueran humanos, todo eso había ido hundiéndose en mí, como una huella que avanza lentamente dejando su marca en una persona.

Este lugar tan marciano me ha provocado todo tipo de emociones, todo el tiempo. Nunca he visto algo como Palestina, y me indigna muchísimo, muchísimo, que todavía haya gente que pase meses en Israel sin cruzar ese checkpoint carcelario porque tienen miedo, y que algunos recomienden a los turistas no visitar Palestina porque se supone que es un sitio peligroso.

La verdad, yo creo que lo peligroso es ser palestino en Palestina, y eso es increíble.

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