Israel Viajes Voluntariado

El hostal de los personajes peculiares en Jerusalén

By on 24 mayo, 2017
Os doy la bienvenida a mi hostal en Jerusalén, ese lugar al que acuden los personajes más variopintos y en algunos casos, unos cuantos majaretas (pero majaretas de verdad, de llevárselos en ambulancia).

El hostal es un edificio otomano de hace unos 700 años situado en la Ciudad Antigua, muy cerca de la Puerta de Jaffa y de los barrios judío y armenio. El dueño es un señor palestino ya bastante mayor, que ha delegado la responsabilidad de llevar el negocio en uno de sus hijos, el cual no suele pasarse muy a menudo por allí.

La decoración es tan sencilla que raya en lo cutre: las sábanas son todas diferentes, la pintura de las paredes se cae debido a la falta de circulación del aire y la humedad,algunos baños huelen mal, la cocina es pequeñísima… Algo bastante curioso es que se puede dormir en la terraza. No en camas exactamente, sino en colchones puestos en el suelo con una sábana bajera y una manta para dormir al raso, sin un techito ni nada. Y por esto, la gente paga 12 euros.

Algunos huéspedes dormían en estos colchones en la terraza

Como te puedes imaginar, este hostal es uno de los más económicos de Jerusalén, y cuenta siempre con varios voluntarios para la limpieza de sus cavernosas habitaciones y pasillos, que trabajan unas tres horas al día a cambio de una cama gratuita. Durante dos semanas y media yo fui una de esas voluntarias, junto con tres maravillosas eslovacas, un americano, un checo, una alemana y un holandés.

Una de las eslovacas y el americano

Puedo decir sin lugar a dudas que este ha sido el voluntariado en el que me he sentido más acogida por los otros compañeros, y uno de los que recuerdo con mayor cariño. Hace tres semanas que me fui del hostal, pero he vuelto ya dos veces y en ambas ocasiones me he sentido como si volviera a casa. A una casa prestada, con amigos de paso, en una de las ciudades más singulares que he conocido nunca.

Los personajes que van a Jerusalén en Semana Santa

Llegué a Jerusalén en plena Semana Santa, conocida en Israel como Pessach, Passover en inglés o Pascua Judía en español. El hostal estaba siempre lleno esos días, y lo primero que me sorprendió fue que no me cruzaba con los típicos mochileros o turistas que suelo conocer en los hostales, sino con otro tipo de gente. La mayoría de los huéspedes esa semana venía por motivos religiosos, y era gente de todas las edades y condiciones.

Uno de los serbios, mostrando sus huevos colorados

En la cocina podía encontrarme con un cura con sotana y coleta a lo Pablo Iglesias que buscaba agua para hervir unos noodles instantáneos, con unos serbios pintando huevos rojos, un grupo de rusos comiendo pepinos y tomates, o una monja rumana.

Serguei tenía una barba muy hipster

Y ninguno de ellos hablaba inglés, claro, aunque esto no era necesariamente un problema. Uno de los personajes principales del hostal, a costa del cual los voluntarios y yo nos echamos unas cuantas risas, era el peculiar Serguei, un ruso con barba al que le gustaba mucho ir al Santo Sepulcro y acosarnos a las eslovacas y a mí con las pocas palabras de inglés que sabía. Un día, en la cocina, me preguntó de dónde era. “From Spain“, le respondí. Él se me acercó algo más de la cuenta para mi gusto, y me dijo, maravillado: “Matrit. Real Matrit.”

Durante la Semana Santa vi en seguida que la gente en el hostal no estaba todo el tiempo pegada al móvil o al ordenador, como en muchos otros hostales, sino que se juntaba a hablar con desconocidos, a leer la Biblia o a escribir en su diario.

No pasaba un día sin que me encontrara a alguien hablando sobre temas espirituales o religiosos. Podía escuchar conversaciones sobre “teología cósmica”, las diferencias entre el Islam y el cristianismo, o a gente preguntándose nada más conocerse en qué cree: “No soy de una religión en concreto“, oí decir a un hondureño que hablaba con una argentina. “Creo en la palabra.

 

Varios de los voluntarios con los que estuve trabajando también eran bastante religiosos. Las tres eslovacas iban a misa casi todas las mañanas, y de vez en cuando leían la Biblia, igual que el holandés. Fui conociéndolas poco a poco, y me di cuenta de que aparte de ser bellas por fuera, son hermosísimas por dentro. Dos de ellas habían venido a Jerusalén juntas, y era graciosísimo verlas andar por la Ciudad Antigua con sus faldas elegantes, con ese estilo tan femenino como de otra época, mientras me contaban sobre sus aventuras haciendo autostop por Israel, en una granja de yaks en Mongolia, o perdidas en mitad de una tormenta de nieve en la montaña en Kirgistán. Ahora que ha pasado casi un mes de esto, me doy cuenta de que el grupo de voluntarios que se formó esas semanas era realmente especial.

Los voluntarios, en nuestra querida y pequeña cocina

Desgraciadamente, las pasiones que despierta Jerusalén en mucha gente pueden tener su cara negativa. Según el manager del hostal, este es el sitio en el que ha conocido a la gente más rara en toda su vida. Nos contó que a lo largo de los años ha visto cómo unos cuantos huéspedes sufrían lo que se conoce como “el síndrome de Jerusalén”, y que algunos se le acercaban diciéndole que podían hablar con Dios o con Jesús. Los que padecen este síndrome son personas que se piensan que son personajes del Antiguo o del Nuevo Testamento, y actúan como tales.

Durante mi estancia no me encontré con nadie que tuviera este síndrome, pero sí pudimos conocer a un pobre hombre inglés de 70 años que estaba mal de la cabeza. Se había hospedado en el hostal hacía unos meses sin dar muestras de tener ningún problema mental. Sin embargo, ahora iba por ahí preguntando a todo el mundo si habíamos visto a una tal Nicola -con la que tenía que casarse-, nos advertía de que alguien había echado algo en la comida y decía que hablaba con Dios. Un buen día se le ocurrió acusar al hijo del dueño -ese que no pasaba nunca por el hostal- de pedofilia, y hubo que llamar a una ambulancia para que se lo llevaran al hospital. Al parecer, este señor se pasó por el hostal unos días después, pero luego no volvimos a verle.

Grupo de turistas religiosos en la Vía Dolorosa

¿Cómo era eso de que viajar te abre la mente?

Estar aquí y poder ver diferentes religiones y culturas, por un lado a los musulmanes, por otro a los judíos ortodoxos… Te abre la mente. Es muy interesante.

Esto es lo que decía un holandés que conocimos un día en el hostal, y con lo que yo, la verdad… no estoy del todo de acuerdo. Haciendo voluntariados, viajando y teniendo que convivir con personas desconocidas, he reflexionado bastante sobre qué narices es eso de “abrir la mente”, que me suena más a “abrir un melón” que a otra cosa. Sí, aquí he visto monjas rumanas y judíos ortodoxos con sus tirabuzones, y gente muy religiosa de muchas nacionalidades, pero eso no me hace despojarme de mis prejuicios ni aceptar más fácilmente opiniones contrarias o costumbres extrañas. Para mí, eso es simplemente ver; y sí, he VISTO gente diferente, pero no he hablado con esas personas, no las he escuchado, no me he puesto en su lugar.

Creo que “abrir la mente” es tratar de comprender a otros, y eso cuesta, porque muchas veces nos encontramos con gente a la que no queremos comprender ni escuchar. Y precisamente pienso que ese es uno de los motivos por los que existe este increíble conflicto entre Israel y Palestina.

Leyendo sobre este problema -por llamarlo de alguna manera- descrito desde el punto de vista de cada lado, veo que probablemente estas personas simplemente estén viendo lo mismo de maneras diferentes. Eso no es un crimen, es algo que sucede siempre que interactuamos con otros, lo que pasa es que aquí están en juego los derechos humanos, la libertad de movimiento, la seguridad.

Tengo la sensación de que en los círculos viajeros se ha banalizado un poco lo de “abrir la mente” al ligarlo tan estrechamente a los viajes, como si viajar fuera igual automáticamente a ser comprensivo y liberal, cuando en realidad para llegar a ese supuesto punto ideal hay que trabajar muchas cosas.

En todo caso, me parece muy bonito cuando siento que si simplemente escucho y me alejo un poco de mí misma, puedo ver a alguien por dentro. Seguramente sea un espejismo, porque conocer a alguien lleva mucho tiempo, pero es un espejismo que me gusta.

 

 

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3 Comments
  1. Responder

    Antonio Aguilar

    25 mayo, 2017

    ¡Hola Isabel!

    ¡Qué alegría leerte! He disfrutado mucho tu entrada, y no quería cerrar esta ventanita que nos has abierto sin dejar al menos un agradecimiento, cosa que sea la verdad dicha no he hecho ninguna de las veces anteriores que he pasado por aquí.

    Te confieso que me has despertado aún más ganas de conocer Israel y Palestina, tanto con este relato como con todas las reflexiones e historias que vas compartiendo sobre el día a día en esa región.

    Y totalmente de acuerdo con aquello de que viajar no necesariamente tiene que abrirte la mente si el viajero en cuestión no tiene mucho interés en que así sea. Empatizar con el otro, intentar ver su perspectiva sobre aquello en lo que nosotros nos aferramos a nuestras miras, no juzgar y procurar contextualizar de dónde vienen los valores de los otros es algo mucho más fácil de escribir que de llevar a la práctica. Y de nuevo creo que es la voluntad, más allá que los meros comentarios pomposos en redes sociales, la que realmente propicia un cambio. Y para eso, tampoco creo que necesariamente haya que viajar. Ir a un sitio, sin más, no modifica las formas en las que vemos el mundo si ese desplazamiento no se complementa con ganas de que nos complemente.

    Enhorabuena de nuevo por esta ventanita y gracias por mantenerla abierta. Es un placer leerte.

    ¡Mis mejores deseos! 🙂

    • Responder

      Isabel

      26 mayo, 2017

      ¡Hola Antonio!

      Pues claro, vente para estos lares, ¡seguro que a Carmen le gustaría volver también! Recomiendo tanto Israel como Palestina, pero sobre todo recomiendo venir para conocer mejor el conflicto -para ello hay muchos tours específicos con ONGs, además de que la gente está normalmente encantada de darte su opinión o contarte anécdotas.

      Eso, lo de viajar y ver gente y costumbres diferentes debería en teoría ayudarnos a darnos cuenta de que nuestra forma de pensar no es necesariamente la ideal o correcta, pero no tiene por qué… Como tú dices también, no hace falta viajar para eso; hay zonas de mi propia ciudad que no conozco apenas, o en las que vive gente muy diferente a mí, y no he hecho por visitarlas. Es complicado escuchar a gente que piensa diferente a nosotros porque si nos damos cuenta de que no teníamos razón o que el mundo no es como pensábamos, da una sensación de inestabilidad e inseguridad que no mola..

      Muchísimas gracias por los ánimos y el comentario, ¡y un abrazo para ti y Carmen! ¡Os deseo lo mejor!

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