Nepal Voluntariado

Por qué salí corriendo de Nepal

By on 17 enero, 2017

Yo pensaba que viajar por China me había preparado para casi cualquier país del mundo. Todos los viajes que hice por China -exceptuando Hong Kong, Pekín y algunas ciudades- pusieron a prueba mi paciencia y mi capacidad de adaptación. Yo me movía por el país sabiendo algunas palabras y frases en mandarín pero sin entender el 95% de lo que me decía la gente, pegándome a chinos amables que quisieran ayudarme a encontrar mi hostal, y subiendo en autobuses donde ya no había asientos disponibles pero sí unos cuantos taburetes colocados en el pasillo, para meter a más pasajeros. Y a pesar de la locura que es viajar por China, en los tres años que pasé aquí acabé muy enganchada a este país.

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Vaca y monje en la Plaza Durbar.

Sin embargo, el caos y la confusión de China no me prepararon para Nepal, y desgraciadamente este montañoso país no consiguió enamorarme, a pesar de que tiene su encanto.

Todo comenzó en el modesto aeropuerto de Katmandú, que, con su sencillez y su desorganización ya me avisó de lo que me esperaba una vez atravesara sus puertas. Llegué al hostal, en el barrio de Thamel, y me reuní con mi amiga Lana, que es alemana y a la que conocí en el año 2007 cuando hicimos el Erasmus en Birmingham, Inglaterra. Íbamos a viajar juntas durante diez días, y después yo pasaría un mes más haciendo dos voluntariados a través de Workaway.

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Vista desde Poon Hill. Me estaba congelando de frío.

Lana y yo pasamos tres días en Katmandú. Yo había leído unos cuantos posts del blog de Carmen, Trajinando por el mundo, que me encanta, en los que habla de cómo esta ciudad la ha atrapado tantas veces con su característica personalidad, y pensaba que a mí también iba a gustarme.

A mí Katmandú me atrapó, pero de una manera muy diferente; más bien como te atrapan las fauces de un monstruo, de las que quieres liberarte. Al salir la primera mañana a pasear por sus calles sin asfaltar, atormentadas constantemente por motos y coches que pasan sin darte un momento de respiro, comencé a tensarme. Sí, creo que el tráfico constante y la ausencia de semáforos y pasos de cebra fue lo primero que me agobió, aunque en China y Camboya ya había experimentado sensaciones parecidas.

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A mi estado de alerta permanente para evitar un atropello, tuve que añadir la sensación, muy frecuente, de que algo iba mal a mi alrededor. No puedo expresarlo de otra manera: era la fealdad. Esa fealdad consistía por una parte en el polvo y la basura del suelo, los perros callejeros, las baratijas amontonadas en las tiendas de souvenirs, y los cables sucios enrollados hasta el infinito por encima de mi cabeza.

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Pero también tenía que ver con algo más que no sabría definir bien, y creo que era que la ciudad me transmitía tristeza, opresión y pobreza, y por primera vez en un viaje, pensé que si no fuera por mi amiga yo no me sentiría segura andando sola por ahí, aunque estoy segura de que no tenía motivos reales para preocuparme.

Me sentía como una extraterrestre, algo que me había pasado también en China, solo que en Katmandú esa sensación de ser diferente se veía envenenada por la falta casi total de conexión con la gente local y la certeza de que yo era rica y ellos pobres. 

En realidad, por algunas de mis experiencias por China y por relatos de viajeros que han pasado por este país, yo sé que los chinos muchas veces son muy maleducados y fríos con los extranjeros. La diferencia es que mi hogar durante un tiempo fue Shanghai, y me sentía bastante cómoda en casi cualquier lugar de China, mientras que en Nepal todo me resultaba más difícil.

Además, comparaba Katmandú con Kuala Lumpur porque acababa de estar allí, y si en la capital malaya los taxistas bromeaban conmigo y recibía sonrisas de extraños por doquier, aquí no había nada de eso.

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También hay belleza en Katmandú.

Yo intentaba ver estas sensaciones con perspectiva. Es evidente que Nepal es un país muy pobre, y que además, después del terremoto de 2015 han pasado por muchas penurias, así que comprendo que el tráfico descontrolado o los perros vagabundos no pueden ser la prioridad del gobierno. También encontré, tanto en Katmandú como durante la ruta de senderismo que hicimos, lugares llenos de belleza, historia y significado.

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El de la gorra fue nuestro guía porrero.

El guía con el que hicimos senderismo era además muy peculiar e interesante. Nos contó que había tenido algún que otro romance con sus clientas extranjeras, aunque ahora está casado y tiene un bebé. Y el primer día, cuando paramos para comer, sacó una bolsita con marihuana y se lió un porro delante de mis sorprendidas narices. Así era el tío.

Después de hacer senderismo durante cinco días, mi amiga Lana se volvió a Alemania. Yo me dispuse a tomar el autobús que iba a llevarme a la punta este del país, a Phikkal, un pueblo cerca de Darjeeling, en la India. Esa fue la segunda prueba que me puso Nepal en el camino, después de mi experiencia en el aeropuerto -que en realidad fue más fácil.

El autobús llegó a la parada con una hora y media de retraso, y nada más subir, hicimos una parada de media hora en una especie de mercado. Dos horas y media después apenas nos encontrábamos a unos pocos kilómetros de la ciudad, ya que habíamos estado dando un montón de vueltas por Katmandú, y al llegar a la carretera habíamos tenido que parar porque había habido un accidente.

Yo estaba preocupada por las malas condiciones de las carreteras, y con los nervios de punta por no comprender esta manera de viajar tan poco eficiente. No paraba de pensar que no aguantaba más este lugar, y que lo que más me apetecía era bajarme de ese autobús infernal y coger el primer avión para Europa.

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Viajar por Nepal, o cómo perder la paciencia y la cabeza.

Mi viaje a Phikkal duró 22 horas; fue más largo que ir de Valencia a Shanghai en avión. Una vez allí pedí a una mujer que pasaba por ahí que me llevara a la casa de Deepak, mi anfitrión de Workaway, que vivía en las afueras del pueblo. En lugar de pasar aquí dos semanas, me fui a los cuatro o cinco días. ¿A dónde? Bien lejos. Ahora lo explico.

Este voluntariado consistía en ayudar a recolectar té y trabajar unas cuatro horas al día. Había otros siete voluntarios, todos de unos 25 años de media -yo, con 31, era la abuelita. Cada uno pagábamos cinco dólares al día por estar allí -así son las condiciones para hacer Workaway en Nepal-, y la familia de Deepak vivía principalmente del dinero de los voluntarios. No solo su familia, sino también sus padres, su hermano y sus sobrinos. En los pocos días que estuve allí hablé bastante con Kausila, su mujer, que me pareció súper inteligente y agradable. Ella, Deepak y su hijo Sam, de doce años, eran personas tremendamente adaptables y cultas, que acogían a un montón de desconocidos extranjeros para sobrevivir -y para practicar su inglés, tal vez.

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Recolectando té.

El problema era que, por primera vez en un voluntariado, me había encontrado con la sombra que oscurece las relaciones en principio desinteresadas, que es el dinero. Aquí, tanto yo como una pareja de franceses nos preguntábamos qué hacía Deepak con el dinero que le dábamos -a pesar de que sabíamos que lo que hiciera con él no nos incumbía en absoluto-, y si para él y su familia éramos simples billeteras andantes.

Curiosamente, yo no era la única allí que sentía poco apego por Nepal. Esta pareja de franceses y una australiana de veinte años, coincidían conmigo en que tenían ganas de irse de allí. Los franceses decían que era la primera vez en su viaje por Asia de casi un año que estaban deseando llegar al siguiente destino. La australiana comentaba que todo lo que había visto en Nepal le parecía muy similar, y que no conseguía conectar con la gente local.

Después de tres días en la plantación, Kausila se me acercó una mañana, y me dijo Isabel, me ha escrito tu madre diciendo que has tenido una sobrina.” Yo me quedé pasmada. ¿Ya ha nacido Maya? ¿Cómo habrá sido? Y, sobre todo, ¿cómo se ha puesto en contacto mi madre con Kausila? Muy fácil: como no había manera de contactar conmigo porque no teníamos Internet allí, mi madre se abrió una cuenta en Workaway, buscó una plantación de té en Nepal, encontró la única que hay, y usando el traductor de Google envió un email a Deepak -quien, por cierto, sí tiene Internet, imagino que por cable en lugar de con wifi.

Al enterarme de que mi hermano pequeño había sido padre por fin, sentí más que nunca que mi viaje había dejado de tener sentido. ¿Qué hacía yo en ese país, que no me estaba entusiasmando precisamente, teniendo que convivir con desconocidos, mientras mi hermano vivía uno de los momentos más importantes de su vida? ¿Qué importancia tenía mi viaje, al lado de la experiencia que estaba viviendo él? De repente, lo más emocionante para mí era volver a casa y estar con mi familia, en lugar de viajar por Asia. Nunca, nunca había deseado interrumpir un viaje hasta ese momento, pero cuanto más lo pensaba, más claro lo veía: tenía que volver a casa.

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De vuelta a Katmandú.

Esa misma tarde, después de hablar con los voluntarios con los que tenía más confianza -¿lo adivinas?: los franceses-, dije a Deepak y Kausila que me iba a ir al día siguiente a Katmandú, y que allí compraría un billete para Inglaterra, donde vive mi hermano con su novia inglesa. El viaje en autobús duró unas veintiuna horas, pero esta vez lo hice con la pareja francesa y fue más ameno. Me dio tiempo a leer Mal de altura enterito -un libro muy, muy interesante e impactante. Dos días después, aparecí por la casa de mi hermano a la una de la mañana. Él no tenía ni idea de que yo iba a visitarle, mis padres, que ya estaban allí, sí.

Isabel… ¿Qué haces aquí?“, me dijo al abrir la puerta en mitad de la noche. Después de abrazarle y conocer a mi sobrinita, me dijo que cuando me vio le parecí como si hubiera venido de hacer Pekín Express, por mi mochila y mis pintas cutres, supongo.

Se me acaba de ocurrir que tal vez, bueno, seguramente, aprendí algo de mi experiencia más bien negativa por Nepal. No te pueden gustar todos los sitios que visitas, y además, creo que está bien decirlo. Y también, que si tienes que dar por finalizado un viaje antes de tiempo porque ya no te apetece viajar, hay que hacerlo.

Yo no me imaginaba ni por asomo que Nepal no fuera a gustarme, porque había oído maravillas de este país, y me encantan los paisajes montañosos. Pero el hecho de que a mí no me haya gustado no significa que no pueda maravillarles a otras personas.

Eso sí, yo no vuelvo allí ni loca.

 

 

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8 Comments
  1. Responder

    En la otra punta del mundo

    18 enero, 2017

    Después de releer este post, quería aclarar una cosa. En realidad, la relación que se establece entre un voluntario de Workaway o WWOOF SIEMPRE ES INTERESADA, porque ganan tanto el voluntario (que recibe alojamiento, y normalmente comida también) como el anfitrión (que recibe mano de obra gratuita).

    Esta fue la primera vez que participé en un voluntariado en el que mis anfitriones ganaban dinero con mi estancia, aparte de mi mano de obra gratuita, y puede que eso me chocara, junto con otras cosas.

    Por ejemplo, la pareja francesa tuvo que pagar por toda su estancia nada más llegar, porque la sobrina de Deepak necesitaba dinero para irse a Katmandú. Además, les hicieron dormir y comer con el hermano de Deepak y su mujer, que no sabían inglés. En fin, que eso nos pareció un poco raro, y ellos además no estaban muy a gusto porque hubieran preferido vivir con los demás voluntarios -aunque el hermano vivía a 20 metros de nosotros, no es que estuviera lejos.

    Quería añadir simplemente que la manera que tiene esta familia de ganarse la vida me parece en realidad honesta y totalmente aceptable; de hecho tenía mucho más morro el dueño del hostal en el que trabajé en Kioto, que utilizaba a unos 12-15 voluntarios, cuando perfectamente podría permitirse pagar empleados. Si esta familia nepalí ha encontrado una manera de mantener a toda la familia, mejorar su inglés, y permitir que gente extranjera viva una experiencia muy interesante, bien está, y el que no quiera pagar por hacer Workaway, que no lo haga.

  2. Responder

    Nacho Lillo

    19 enero, 2017

    Muy apasionante el post digno de novelar diría yo; parece que en sus entrañas late ese choque de culturas y realidades que duela más sacar a colación, quizá porque resulta harto complejo estructurarlo y acotarlo. Supongo que la oposición de vidas resulte excesiva por mucha voluntad que uno le ponga porque en ese contexto la equidad es una baratija fea y dañina, liberarse de ese adn requiere mucho tiempo, mucho vivido y quizá tampoco importe mucho dónde

    • Responder

      En la otra punta del mundo

      23 enero, 2017

      ¡Hola Nacho! Sí, supongo que estar en Nepal fue para mí un choque cultural. No le pasa a todo el mundo, tal vez dependa de los viajes que hayas hecho anteriormente, de en qué momento te encuentres tú mismo (más o menos tranquilo, deseando volver a casa o no..). ¡¡Un abrazo!!

  3. Responder

    Milva

    3 febrero, 2017

    Entiendo su amortiguador de la vida cotidiana en Nepal. Pero este es un país pobre. Me llamó la atención la foto de un poste de luz y un montón de cables en él 🙂

    • Responder

      En la otra punta del mundo

      5 febrero, 2017

      ¡Hola! Claro, realmente estas cosas -las malas carreteras, el tráfico caótico- son algo esperable en un país que no tiene muchos medios económicos.. ¡Sí, lo de los cables era flipante! Aunque en China e incluso Japón he visto cables por ahí a la vista también, solo que no tantos juntos. ¡Un saludo!

  4. Responder

    Isabel

    7 febrero, 2017

    Me gustaría decir que me alegro de leer este post, aunque en realidad me hubiera gustado que tu experiencia hubiera sido buena.

    Mi caso fue igual que al que has descrito que por cierto, nunca lo hubiera hecho mejor. Nunca había deseado irme tanto de un lugar como de la India, deseaba con ansias llegar a mi siguiente destino: Nepal… creo que todo lo demás que pueda decirte sobra, porque ha sido la mayor decepción de mi vida.

    Era mi destino soñado, ese país precioso, verde, con gente super amable… no encontré nada de eso y que no niego lo haya, pero no lo encontré. La semana que pasé allí estuve intranquila constantemente tanto, que hasta agradecía ponerme mal de estómago y no tener que salir de la guesthouse donde nos alojábamos. En fin…

    Por cierto, siempre he dicho que mis 3 años de voluntariado fueron mis mejores “vacaciones”. Ojalá más personas se animaran a probarlo, porque es una experiencia sensacional.

    Un abrazo

    • Responder

      En la otra punta del mundo

      8 febrero, 2017

      ¡Hola Isabel!

      Vaya casualidad que te sintieras como yo en Nepal.. La mayoría de la gente que ha estado me dice que les encanta porque la gente es muy maja, por los paisajes, por el rollo medio hippie de Katmandú.. ¡No sé, yo no acabé de pillarle ese rollo! Yo pensé que me había pasado con Nepal lo que a lo mejor les pasa a algunos con la India, que les agobia. Pero parece que a ti te pasó con la India y con Nepal, ¿no? Yo también tenía muchas expectativas con Nepal, y me pasó como a ti.

      ¿Te has pasado 3 años haciendo voluntariados? ¡Qué guay! Vaya experiencias debes haber tenido.. Merecen mucho la pena los voluntariados, por muchos motivos.. Seguro que acabo haciendo alguno en un futuro próximo.

      Muchas gracias por comentar, ¡un saludo!

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