Amistad Qué pienso sobre...

A todas mis amigas

By on 3 noviembre, 2015

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Estas dos niñas eran las empollonas de mi clase del año pasado. Eran las niñas perfectas, educadas, listas y siempre motivadas para aprender. Eran tan empollonas y buenas como lo éramos mi amiga Andrea y yo cuando íbamos al colegio. Siempre nos sentábamos juntas, igual que Jia Yu y Victoria el curso pasado, y aunque nunca habíamos roto un plato estábamos todo el día de broma. Todavía seguimos siendo mejores amigas, solo que ahora nos sentamos juntas dos días al año y en vez de hablar en persona nos comunicamos por Whatsapp o Skype. Un día, mirando a Jia Yu y Victoria partiéndose de risa con cualquier broma infantil que les parecía que era la monda, vi en ellas a Andrea y a mí. Andrea y yo teníamos la misma complicidad que mis alumnas. Las dos éramos unas empollonas que nos reíamos con chorradas que solo nos hacían gracia a nosotras, ya que ni estábamos muy espabiladas ni éramos precisamente de las guays, pero además teníamos un punto intelectualoide y empollón que, mezclado con nuestras fantasías adolescentes y nuestra inmadurez, producía seres bastante particulares a la vez que encantadores.

Con el paso de los años he hecho otras amistades femeninas que todavía conservo y valoro. Conocí a Paula, otra de mis mejores amigas, con dieciséis años en una fiesta de cumpleaños, y a los dieciocho, en plena segunda edad del pavo, conocí a mi otra Andrea, que rápidamente se unió a este pequeño club de amigas especiales. Durante mi Erasmus me hice amiga de Lana, alemana, que ahora tiene un novio catalán y está aprendiendo castellano. Cuando me cambié de carrera se cruzó en mi camino Mar la escritora, una de las personas que más me hace llorar de la risa. Poco después me hice amiga de Manuela, con la que compartí un año de fiestas y algo de estudios en Plymouth. Hace tres años me encontré con Lara, de Bilbao, mientras hacía un curso de Enseñanza de español a alumnos chinos y japoneses en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Un día después de aterrizar en Buenos Aires, acojonada tanto por si me robaban, mataban o se me llevaba un ovni, conocí a Cris en el hostal, quien, junto a su novio, me adoptó durante unos días mientras descubríamos la ciudad. Aquí en Shanghai tengo dos amigas, Rosalía, a quien conocí por Facebook, y a Marta, mi compañera de piso durante un año.

Cuando hablamos del valor de la amistad se suele señalar lo importante que es que los amigos estén ahí en los peores momentos, y que no nos abandonen cuando más les necesitamos. Eso es cierto. Las amigas que menciono siempre me han apoyado cuando me ha hecho falta, a pesar de no estar siempre de acuerdo o de habernos hecho daño en alguna ocasión a lo largo de todos estos años. Pero ahora cuando pienso en ellas, lo que me viene a la mente no son los momentos en los que me han ayudado, sino sencillamente lo bien que lo hemos pasado juntas. Me acuerdo de ese tiempo en el que aunque nuestras vidas no tenían demasiado interés, nosotras nos pasábamos el rato contándonos todo, marujeando sobre nuestros conocidos, hablando de películas, de libros, de política, de tíos, de nuestras familias, del pasado y del futuro.  Y sobre todo, lo que más me gusta recordar, son las risas que nos poseían como locas, unas risas imparables, de un tiempo en el que éramos inofensivas porque no teníamos ni idea de nada, pero nos reíamos de nosotras mismas y de nuestras tonterías.

Ahora en mi día a día estoy bastante ocupada, y cuando vuelvo a casa solo tengo ganas de meterme en la cama o de disfrutar de mi soledad sin veintiún niños a mi alrededor. Sin embargo, el otro día sucedió algo. Ahora tenemos un perrito en casa, que ha sido adoptado por mi compañera polaca. Hace un par de noches estábamos en el salón, y Artu -el perro- se abalanzó sobre la belga, que estaba tumbada en el sofá. Ella pegó un grito, y cuando le preguntamos qué había pasado, confesó que había estado cortándose las uñas de los pies con gran disimulo y había ocultado los restos envueltos en un pañuelo en el suelo, que Artu acababa de desbaratar con sus saltitos de entusiasmo. La polaca y yo vimos cómo recogía bochornosa su extraña colección de uñas del suelo y empezamos a reírnos y a soltar chorradas, y fue otra vez como si las tres nos hubiéramos lanzado a patinar sin fin en nuestra propia absurdez, como con mis amigas más antiguas hace años. Nada podía frenarnos, y esas risas provocadas por lo ridículo de la situación nos elevaban al infinito y nos unían.

A veces echo de menos momentos así. Todavía los tengo con mis amigos de Shanghai, y no solo son ratos de cachondeo sino de todo tipo. La diferencia es que ahora estamos todos más liados con otras cosas, que son básicamente el trabajo y las parejas, lo cual no está nada mal, por supuesto. Hace poco oí a una actriz británica decir que las relaciones que más valora en su vida son las que mantiene con otras mujeres. Aun así, a mí personalmente me encanta estar con chicos porque a veces las amistades entre mujeres son demasiado intensas. Por problemas de este tipo yo he perdido amigas y también amigos, y la mayoría de estas pérdidas me entristece todavía. A pesar de todo, creo que nuestra relación con nuestras amigas es de las más fuertes que podemos tener, y a diferencia de los novios, nuestros compañeros de vida, ellas son las personas con las que podemos jugar más, hacer más tonterías y en quienes podemos vernos más reflejadas. La unión de amistad que podemos tener con otra mujer es diferente, única y necesaria.

Desde aquí, la otra punta del mundo, os recuerdo a todas, mis queridas amigas.

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5 Comments
  1. Responder

    Sento

    3 noviembre, 2015

    Una entrada genial. Profunda y divertida.

    • Responder

      Incertidumbre Automática

      3 noviembre, 2015

      Vicente, me alegro mucho de que te haya gustado!! Gracias por el comentario!

  2. Responder

    Milagros Cabrera

    3 noviembre, 2015

    Isabel como te entiendo desde mi “supuesta” madurez, son los mejores ratos. Un saludo desde Valencia! Te conozco desde muyyyy pequeña. Milagros.

    • Responder

      Incertidumbre Automática

      4 noviembre, 2015

      Hola Milagros! Gracias por el comentario!Tienes razon, yo ni me acuerdo de cuando me conociste, claro.. Me hace gracia que me leas, jeje, la amiga de mi madre 🙂

  3. Responder

    Andrea

    22 noviembre, 2015

    Isabelita! lejos pero siempre juntas! Increible post, me ha removido recuerdos y muchas emociones. Yo me quedo con las risas absurdas en Gandia, lo simple que era todo y lo felices que éramos analizando todo lo que ocurría. Ahora me parece que hace una eternidad de aquello. Un besote muy grande!

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