By on 16 junio, 2015

No sé muy bien cómo se sentirá el resto de los trabajadores que conozco cuando se acercan estas fechas veraniegas. Supongo que tienen las mismas ganas que cualquiera de salir corriendo del curro, de no tener que madrugar ni de aguantar al jefe o a algún compañero pesado. Pero mi intuición me dice que para los profesores es algo diferente.

Los profesores pasamos nueve meses corriendo. Es como una maratón en grupo, estamos corriendo todo este tiempo, ya sea detrás de nuestros niños para que se porten bien, o tirando de ellos para que saquen buenas notas y sus padres no se quejen de que no les estamos enseñando bien. Es una carrera donde el profesor no puede parar ni para mear.

En mi caso, paso ocho horas al día, cinco días a la semana, con el mismo grupo de niños. Entro a las 7:25 al trabajo y me voy a las 16:30. Almuerzo con ellos, como con ellos, salgo al patio con ellos. La profesora china que compartía la clase conmigo ha tenido problemas con su embarazo y ahora tiene menos responsabilidades, así que la mayor parte del tiempo soy yo la que tiene que lidiar con todo. Mientras intento mandar un email en mi clase de descanso, se me acerca Elmashablador para quejarse de que Elpeordelaclase acaba de hacerle no sé qué, y mientras tanto Lamejoralumna me pide un lápiz y a la vez Otronino me dice que Otrodemasalla le ha salpicado con agua en el baño.¿Que Fulanito te ha pegado? ¿Que Menganito te ha quitado el lápiz? ¿Que ahora Fulanito se ha lamido las manos y las ha restregado por tu pupitre? Pero ¿es que a algún adulto le interesa oír esto cada diez minutos, de lunes a viernes, mientras intenta hacer su trabajo lo mejor posible y a la vez controlar a 22 niños? Después de todo este tiempo, y sabiendo que se acerca el final, mis nervios están entumecidos, porque recibo estímulos cargados de energía ilimitada constantemente, a bocajarro, sin un momento de descanso porque total yo soy la adulta aquí y puedo con todo. Eso es lo que siente el profesor cuando se acerca el final de esta ruidosa maratón: nada. Solo quiere sentarse en el sofá y mirar el techo en silencio.

Lo que yo siento al pensar en las inminentes vacaciones no es en el orgullo que me produce el haber enseñado algo a mis alumnos, ni tristeza porque ya no van a ser míos el año que viene. Lo que siento es que voy guiando a mi clase ciegamente hacia un precipicio, poco a poco. Llevamos corriendo juntos muchos meses, y aquí es donde acaba nuestra carrera absurda. Es un precipicio tan profundo que no veo donde termina. Vamos acercándonos a buen ritmo, hasta que alcanzamos a ver el abismo. Entonces, sin pensar, sin hablar, yo me detengo bruscamente mientras que ellos saltan al vacío y yo les observo desde la cima del barranco, viendo cómo desaparecen de mi vista y se alejan rápidamente, sus voces incluidas, hablando, siempre hablando. Hasta que de repente ya no oigo nada. Sí, es increíble, pero ya no están. Han desaparecido. Miro a mi alrededor y siento una paz inmensa. Vuelvo a oír mis propios pensamientos. ¡Puedo tener conversaciones con adultos! Puedo tener intimidad. Y no solo eso, ¡sino que no tengo que corregir hasta las diez y media de la noche, ni levantarme a las cinco y media de la mañana!

No más glorificar la profesión del profesor, por favor, no cuando no tenemos tiempo ni de pensar, ni psicólogo en el centro, ni el apoyo de los padres, ni un sistema de disciplina en el colegio, ni cuando lo más importante son los exámenes, las notas y cargar a los pobres niños con deberes inútiles. Tengo más de un motivo para comparar el curso escolar con una maratón cargada de obstáculos, y no con la aventura de explorar juntos los misterios apasionantes de un mundo desconocido, que es como debería ser la experiencia de ir a la escuela cuando tienes ocho años.

Así que para mí estos últimos días de colegio son como ver la espuma resbalar por mi cuerpo. Algo se escapa de mí para no volver jamás, y yo dejo que se vaya, indiferente, esperando que llegue ese momento para sentir que vuelvo a ser libre y vuelvo a ser una persona de verdad.

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