By on 23 marzo, 2014
Yongkang, la calle de los bares.

Yongkang, la calle de los bares.

Las semanas aquí pasan en un suspiro. Empiezas a decir “Horror, mañana es lun..” y antes de que te dé tiempo a acabar la frase te das cuenta de que ya es viernes y tienes que echarte la siesta para recuperar esas horas de sueño que te roba el despertador todas las mañanas a las cinco y media, y así no dormirte encima de tu cerveza o tu vino esa noche.

En el trabajo los niños succionan mi paciencia y mi energía a medida que pasan las horas, ya que tenemos que estar prácticamente todo el tiempo con ellos. Si me plantease calcular cuántas veces grito o riño a mis alumnos por hora no sabría decir un número, pero lo que sí sé es que me he quedado afónica dos veces en un mes. Por suerte de vez en cuando me sueltan perlas como “Teacher, ¿te gustaría casarte con mi padre?” o me dan un abrazo exento de lujuria y lleno de cariño de persona muy pequeña, o se parten de risa con cualquier chorrada que he dicho como si acabasen de escuchar la genialidad más graciosa del mejor cómico del mundo.

A veces pienso en una expresión inglesa que me hace gracia, y  que no entendí muy bien la primera vez que la escuché: Work hard, play hard. Osea, algo así como “Trabaja mucho, diviértete mucho”. En el mundo de los “expats” de Shanghai hay mucha gente que vive así, que trabaja duro de lunes a viernes y luego desfasa a más no poder el fin de semana. Sin ir más lejos, cuando te pones de charreta con los demás profesores del cole un lunes por la mañana a la hora del recreo, las historias se repiten: “Pues el viernes fui a tal bar para tomarme una cerveza pero me lié y no sé ni cómo volví a casa, luego el sábado fui a no sé qué discoteca, y ya el domingo fuimos al brunch del hotel Westin y nos pusimos hasta arriba de champán.” Y así más o menos todos mis compañeros de trabajo, a no ser que tengan hijos. No sé si mi estilo de vida se podría resumir con esa expresión, más que nada porque siento que no trabajo tanto y porque además todavía no me he pegado la cogorza del siglo aquí. Creo que tal vez si combinase un poco del trabajo que tenía en Inglaterra -pero sólo un poco, por Dios-, otro poco de la libertad y la diversión del viaje a Argentina y Chile y algo también de la amistad y las confidencias que compartía en Valencia, el resultado sería más o menos lo que tengo ahora.

Pero esa combinación no es perfecta. A veces echo en falta esos amigos permanentes con los que quedaba fin de semana sí y otro también,  esa gente que no me va a decir de la noche a la mañana que se muda a Bali en julio (mi querida amiga irlandesa me abandona) y a mi familia. Lo que abunda en Shanghai son conocidos y gente más que super agradable con la que contar para los fines de semana, pero si un día me rompo una pierna yendo por ahí sola, no tengo muy claro a quién llamaría.  Bueno, me faltan esos amigos y una casa donde no tengamos una avería cada semana, pero eso ya es otra historia.

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